

|
|
|||||||||||||
Reproductor
|
||||||||||||||
A la cuenta de tres:
A la cuenta de tres comienza la historia de esta banda. El año 1982, fue testigo del inaugural berretín de sacudir mancomunadamente alguna que otra corchea y encaprichar no pocos semitonos.
Jorge Machado, en bajo, composición y arreglos, Ricardo Bortuluzzi en percusión, batería y arreglos, y Alejandro Rodríguez en guitarra, composición y arreglos. Son tres de los jurasicos empecinados que desde aquella remota época y hasta nuestros días insisten en confabularse para dar base a esta impertinente fantasía musical.

Hay una metáfora que dota a la voz cantada, de la virtud de transformarse en el norte orientador de la nave en que viaja una banda de música.
En el caso de Andrea Serri, certero resulta acreditarle el norte, pero la nave en que la banda hace la travesía muta como por conjuro de magia y, es de a ratos el argos y de a ratos el nautilus.
La Serri puede, -kitten at the tree -, como en “Misty”, ronronearnos la fantasía acurrucada desde las ramas de un árbol. O aferrada al timón del vértigo y con la proa en llamas, conducirnos al desenfadado desembarco con que “Chega de saudade”.
Los pájaros libertos en los sonidos de su canto pueden mecerse como albatros en las corrientes cálidas de alta mar. O zambullirse en picada con la precisión misilística de un halcón.
Para Hablar de profesionalidad a secas, Andrea, a su haber suma una impecable trayectoria, en la que desde su formación –Profesora de Canto Lírico- hasta la fecha no cesa de merecer reconocimientos.
Basta con decir que para la grabación de “En Cuanto Aclare”, su primer disco solista, Andrea como autora, compositora e interprete, contó nada menos que con el acompañamiento del prestigiosísimo Lito Vitale”.
En la actualidad, además de sus actuaciones y, sus alumnos particulares, se desempeña con inmejorable puntaje como profesora de canto en la “Escuela De Arte Leopoldo Marechal”, cargo considerado de difícil cobertura.
En su currículum ella toma como suyo este fragmento de un texto de Barrault:
“Cantar es luchar contra todo lo que retiene,
todo lo que sepulta, todo lo que pesa y agobia.
Es descubrir con la voz, la esencia y el alma de la vida.
Es entrar en comunicación física con la libertad.
Es, por lo tanto, practicar el arte sagrado”.
Reincidente, ya había compartido la banda cuando apenas sumaba 16 años. El regreso del “chico maravilla” Maximiliano Acebal, fue para La Musa – aunque el chiste caiga de maduro – dar en la tecla.
Max volvió y los resultados son inmejorables, cada acorde, nota o arpegio en blanco y negro, son casi el ADN que define y redefine en los rasgos la identidad de la banda.
Desde su más tierna infancia, este talento viene acumulando años de estudios clásicos en el Conservatorio Provincial de Música de Morón.
Pero a pesar de su raíz clásica, el oído sensible sorprende en los arreglos de Maxi un enamoramiento con Bill Evans, Keith Jarrett, Michel Petrucciani, Piazzolla y Chopin.
El rompecabezas de La Musa se ha completado con la personalidad y finísimo gusto de este pianista.
Nuestro Perseguidor:
Tal como apodaría al entrañable Jonny Carter en su cuento homenaje a Charlie Parker, el querido Julio Cortazar.
“Esto lo estoy tocando mañana” dice Jonny en el cuento, y alguno de esos sortilegios parecen habérsele contagiado al perseguidor que tenemos en La Musa.
Este tipo no respira, dijo Maxi –pianista de la banda- al escucharlo, grabar los solos, arreglos, coros y cada participación en el CD de la banda.
Siente uno además al escucharlo tocar, una contradicción al contar y recontar, los cinco dedos de cada mano, que parecieran mutiplicarse por lo menos por dos, descree uno de la aritmética de sus ojos después da cada escala arrancada a su desgarrador saxo.
Este ex alumno de Victor Skorupski, para nada se relaja a dormir en su bien habida fama, sea arreglando un Blues, un Swing o una Balada, José “Fisu” Aspiazu pone como Malena en cada verso su corazón, perfuma hasta embriagar las más profundas emociones y, como de la galera del mejor mago Fisu arranca de su saxo: Furias, Tristezas, melancolías, fiestas ó desgarradoras y chorreantes mieles.
Un enjambre de paradójicos anzuelos que a la vez nos sacian y nos dejan pidiendo más.
Vieja Pared del Arrabal:
Se dice que el bajo edifica las paredes de un grupo musical. Cuando Jorge Machado es el bajista, la paredes entonces serán las de un museo de Bellas Artes, decoradas por cuadros de Monet, Boticelli, Da Vinci, Matisse, Pettoruti, El bosco, Dalí, entre otros.
Desde Jaco Pastorius hasta Pedro Aznar, pasando por Jorge Machado, rezarán seguramente los libros de la historia de la música en algunos años.
Ex alumno de Machi, Jorge con su bajo contribuye a La Musa un colchón seguro donde descansar las armonías, además agrega como plus, la exisita pincelada que brilla llenando cada intersticio con una cifra decorativa justo ahí donde se esconde la maravilla. No se queda atrás Machado a la hora de hacer un solo o capitanear el timón de una melodía, además como si todo esto fuera poco, por el mismo precio el tipo compone.
Si el bajo edifica las paredes de una banda los cimientos están sin duda en la percusión y la batería. La Musa en este puesto cuenta con Ricardo Bortoluzzi, este mutante de octópodo, parece estar en todas partes al mismo tiempo, hasta la más sensible inflexión de voz encuentra su eco ahora en un redoblante, ahora en un platillo o en un aro.
Los pianos, los fortes, las variantes en el acento rítmico, parecen ser la diversión de este médico brujo del instrumento más viejo del mundo – percusión – Ricardo encabalgado en el mayor de los caprichos, marea desde la síncopa cada compás, volando en escobillas o literalmente apaleando cada parche.
Bajo y batería, arquitecto y constructor respectivamente son quienes aseguran la estructura, los ladrillos y pilares de cada tema.
Alejandro Rodríguez, guitarrista de La Musa, confiesa a conciencia pura ser el menos virtuoso de los integrantes de la banda, aunque no con poco orgullo agradece la fortuna de haber compartido desde sus adolescentes 15 años hasta hoy que acusa 43, cada escenario con Ricardo y Jorge.
Alejandro, ex alumno de Enrique Sinesi y actual de Gerardo Selci, a la hora de arreglar o componer confía en su intuición, si al oído suena bien, estará bien. Su otra vocación la palabra escrita, lo pasearon mas de 15 años por talleres y cafés literarios. Por esto es que para las letras que visten las melodías de La Musa, se dio permiso de intentar poesía donde no solía haberla.
Blues que en vez de nena, nena hablan de ausencias, sombras, sirenas aullando bajo gaviotas oscuras, boyas lejanas y trampas en redes de mar.
En tantos años de hacer música tanto Ricardo, Jorge y Alejandro, como Andrea, El Pepe“Fisu” y Maximiliano, han rodado sus instrumentos y música por casi todo el circuito de pubs y café-concerts a través de San Telmo, Palermo, el Centro y el Gran Buenos Aires. Nombres como el Café Tortoni, Liberarte, Oliverio Mate Bar, Liberarte en Morón, Monona, La Cigarra, etc.
También la canción navideña en el Teatro Presidente Alvear, o haber sido semifinalistas en San Miguel en dos Precosquín cuando el trío inicial hacia folklore y se llamaban Latino Fusión, una vez con la voz de Sandra Oliva y la segunda con Mirna Guzmán mientras la banda se llamó Trilce.
Como se ha dicho, estos chicos han tocado Rock, Folklore, Melódico. Cada uno tiene puesta su mochila de anécdotas.
Hoy La Musa y desde los últimos cuatro años hace Jazz, Bossa Nova y temas propios dentro del género. No olvidamos en nuestro tributo a los más grandes: Gershwin, Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, Jonny Mercer, Errol Garner, Johnny Mandel, Irving Berlin, Seymour Simon, Cole Porter, entre otros.
La Musa agradece a todos los maestros, los de la música, los del arte en general y de la vida que cotidianamente alimentan nuestras almas.